Capitulo Veinte

El Chico Que Se Coló Por La Ventana De Mi Cuarto

Estaba consciente de un pitido molesto; mi cabeza estaba palpitando y punzaba en un lado. Apreté los ojos que tenía aun cerrados en un intento por alejar el dolor.

-¿Rosa? –dijo Nicolás, lo sentía muy cerca. Gemí y volví la cabeza hacia su voz. Sentía como si estuviera dentro de una especie de burbuja, me sentía realmente muy mal. Abrí los ojos para verlo, él estaba inclinado por encima de mí, se veía hermoso como siempre, pero parecía un poco estresado. Tenía el ceño fruncido y la mandíbula apretada.

-Hola –dijo mi voz salió algo ronca, traté de sonreír y de ignorar el dolor en mi cabeza.

-Gracias a Dios. Me asustaste –se inclinó y me dio un suave beso en la frente, dio un suspiro de alivio.

-Está bien. Puedo entrar y echar un vistazo –escuché una voz femenina que hablaba con severidad. Miré a mi alrededor y me di cuenta que no sabía dónde estaba. Yacía sobre una pequeña cama en una pequeña lugar que tenía estantes y armarios a lo largo de las paredes, aunque me pareció raro que sintiera movimiento y el sonido de las vibraciones de la carretera.

Nicolás se movió a un lado y una señora vestida con un traje verde se inclinó sobre mí.

-Hola, Rocio. ¿Cómo te sientes? –preguntó, mientras hacía brillar una luz enfrente de mis ojos.

Empujé su mano fuera de mí, en busca de Nicolás.

-¿Dónde estoy? –pregunté, me sentía un poco presa del pánico. “¿Cómo diablos llegué aquí? Estaba en la cocina, me empecé a sentir un poco mal…” , pensé.

-Estás en una ambulancia, cariño. Te desmayaste y te golpeaste la cabeza bastante fuerte contra el mostrador de la cocina –explicó interrumpiendo mis pensamientos, me tomó las manos y las colocó sobre mi pecho –sólo necesito evaluarte. Has estado inconsciente durante unos veinte minutos –encendió la luz otra vez sobre mis ojos, asintió con la cabeza, parecía satisfecha –¿Te duele la cabeza? –me preguntó, me toco ligeramente detrás de mí oreja en el lugar que al parecer me había golpeado al caer. El dolor atravesó mi cabeza y silbé a través de mis dientes –creo que vas a necesitar un par de puntos aquí –dijo ella, mirando el lado de mi cabeza.

Tendí una mano hacia Nicolás. Él inmediatamente la tomó y la beso, sus ojos no dejaban de mirarme. Se veía muy estresado. Después de un rato nos detuvimos en el hospital y comenzaron a trasladarme en mi camilla.

-Puedo caminar –protesté, me sentía muy estúpida siendo llevada adentro en una camilla.

-Lo siento, cariño, es el procedimiento. Arribaste en una ambulancia con luces, debes ir en una camilla –respondió, y me guiñó un ojo. Sonreí débilmente y Nicolás se echó a reír, pero no era su risa habitual, está vez era apretada y sin sentido del humor.

Entramos en un pequeño cubículo y nos dejaron solos.

-¿Qué paso, Rosa? –preguntó Nicolás, se inclinó sobre mí y rozo su mano suavemente por un lado de mi rostro.

Me encogí de hombros y luego hice una mueca cuando paso su mano sobre la parte que me dolía de la cabeza.

-No lo sé. Me sentía un poco mareada, entonces me desperté contigo en la ambulancia –le expliqué. Eso era todo lo que podía recordar.

-Me asusté mucho. No vuelvas a hacerme eso otra vez. Promételo –indicó, me hizo reír lo serio que estaba.

¿Quiere que le prometa que nunca me desmayaré de nuevo? –dijo mi voz en mi cabeza con gracia.

-Nicolás, no puedo prometer algo de lo no tengo el control –bromeé, sin dejar de reír. Suspiró y se inclinó hacia delante, me beso ligeramente, y yo me excite un poquito. Nos separamos cuando la cortina se abrió y entró un médico al cubículo.

-Oops, lo siento. ¿Debo volver más tarde? –preguntó el doctor, sonriendo. Me reí, me sentía muy avergonzada de haber sido sorprendida de esa manera en un hospital.

-Sí, ¿podría darnos cinco minutos? –bromeó Nicolás, y el hombre rio. Nicolás tomó mi mano con fuerza mientras el doctor me examinaba y apuntaba en su libreta.

-Entonces, te desmayaste, Rocio, ¿te has sentido bien hoy? ¿Has tomado algo que no deberías? –preguntó y me miró con algo de suspicacia.

-¿Algo? ¿cómo drogas o esas cosas? –cuestioné, estaba sorprendida. “¿Parezco una maldita adicta a las drogas?, pensé. El médico asintió con la cabeza y me miró expectante –No, no he tomado nada. Me estado sintiendo un poco mal hoy, un poco mareada –admití.

Escribió de nuevo en su libreta.

-¿Has comido?

¿He comido? Desayune unas tostadas en el desayuno, peno no almorcé, porque me sentía mal –me dije a mi misma antes de contestar.

-No realmente. Me sentí mal durante el almuerzo y por eso no comí.

-Bueno, probablemente ese es el problema. ¿Estás bajo algún tipo de estrés o algo parecido en estos momentos? ¿Estás en exámenes, tienes trabajos en la escuela? –preguntó de nuevo mientras apuntaba.

¿Estrés?. Bueno, eso es un eufemismo. Mi padre abusivo se mudó a minutos de mi casa, trajo con él a su nueva familia. Hace una semana lo vi de nuevo por primera vez desde que trató de violarme. Me enteré hace unas horas que estaba abusando a su nueva familia y ellos se mudaron con nosotros un tiempo. En realidad ¿cuánto tiempo estarán con nosotros? ¿Alguien mencionó eso? Va a dormir Benjamin con Peter, Ruth y Mateo pueden dormir en la habitación de mi madre, y cuando mi mamá venga a casa yo podría… -me colgué escuchando a mi voz interna en mi cabeza.

-¿Rocio? –dijo el médico y me sacó de la conversación que estaba teniendo conmigo misma en mi cabeza.

-Oh, claro. Um, sí, mi vida ha estado estresante últimamente –declaré, me mordí el labio de lo mucho que un eufemismo en realidad era real.

-Bueno, el estrés puede provocarte cosas. Necesitas comer adecuadamente. Voy a sacar algunas muestras de sangre para asegurarme de que no está pasando nada más. Conseguiré a alguien para que venga y te de un par de puntos en la herida de tu cabeza y te voy a tener unas horas en observación sólo para comprobar que todo esté bien después del golpe que te diste –dijo y me sonrió amablemente.

Fue al armario y sacó una aguja. Miré a Nicolás, yo estaba con los ojos muy abiertos. Odiaba las agujas. Cuando el médico se acercó a mí, Nicolás inclinó la cabeza y me besó.

Cerré los ojos y fundí mis labios contra los suyos. “¡Por dios que condenadamente bien saben!”, pensé.

-Está bien, yo terminé. Iré a mandar esto, los resultados van a estar en una hora más o menos –anunció el doctor, lanzó la aguja a la basura y escribió algo en un pequeño frasco. Eché un vistazo a mi brazo y vi un pedacito de cinta adhesiva sosteniendo una pelota de algodón en el interior de mi codo.

-¿Lo hizo ya? –pregunté, estaba muy sorprendida ni siquiera lo había sentido.

El médico y Nicolás sonrieron.

-Sí, ya está. El poder de la distracción –reflexionó el médico, y sonrió abiertamente. Le sonreí a Nicolás. “Voy a tener que llevarlo cada vez que me vayan a dar un pinchazo a partir de ahora”, pensé.  –está bien, así que la enfermera vendrá a darte los puntos en la herida, llegará en pocos minutos. Probablemente te quedes aquí unas dos o tres horas –dijo, y caminó a la cortina.

Asentí.

-¿Puede quedarse mi novio? –le pregunté con esperanza en mi voz mientras me aferraba a la mano de Nicolás. No quería estar en ese lugar sola.

-Claro, está bien. Sólo uno de los visitantes por vez, aunque hay una multitud preguntando por ti y tu vuelta a casa –rió entre dientes mientras salía.

Multitud, ¿qué quiso decir con eso? –me pregunté mentalmente y miré a Nicolás, él sonrió.

-Todos vinieron. Literalmente, tuve que empujar a Peter cuando dijeron que sólo una persona podía viajar contigo en la ambulancia –me contó se veía un poco culpable.

Me sonrió y apreté su mano.

-Bueno, me alegra haber despertado viéndote a ti y no a Peter. Así que gracias.

Inclinó la cabeza y me besó ligeramente.

-También me alegro –suspiró –será mejor que vaya y les diga a todos que estás muy bien, así vuelven a casa –dijo, y se puso de pie.

-Solo date prisa, ¿de acuerdo? –le pedí, poniendo cara de suplica.

Sonrió.

-Voy a ser lo más rápido que pueda –prometió, me dio un beso en la frente y salió rápidamente. Cerré los ojos y escuché el ruido de la sala contigua y me concentré en esperar a que regresara.

Nicolás estuvo de vuelta en cinco minutos con un sádwich y una bebida.

-Oye, no sé si tienes permitido comer esto, así que tendrás que esperar a que venga a la enfermera a coserte la cabeza. No me perdí eso ¿verdad? –preguntó algo preocupado.

-No, no te lo perdiste –sonreí

Se sentó en una sillita y tomó mi mano. La enfermera entró unos minutos más tarde y cosió mi cabeza, necesite seis puntos de sutura. Hice que Nicolás me distrajera todo el tiempo, relamente era el mejor analgésico que había conocido.

 

El médico regreso una hora y media más tarde.

-Hola, tengo los resultados de los análisis de sangre y parece que no fue la falta de alimentos lo que provoco el desmayo –dijo y me miro serio.

Nicolás se puso a mi lado, apretó mi mano, se inclinó hacia delante.

-Ok, así que, ¿qué era? –le pregunté con curiosidad.

No puede ser nada malo. Sólo tengo dieciséis años, por el amor de Dios, no fumo, no bebo mucho, no tengo exceso de peso, hago ejercicio físico con regularidad. No debo estar enferma, ¿o sí? –me dije a mi misma.

-Estás embarazada –afirmó.

Me eché a reír. “Maldita sea, eso fue divertido, casi caí”, pensé. Negué con la cabeza, sin dejar de reír.

-En serio, ¿qué es?

Miró a Nicolás y luego a mí.

-Estás embarazada –repitió.

Dejé de reír inmediatamente. No podía estar embarazada. “No, esto es un error”, pensé.

-No puede ser, estoy tomando la píldora. La he tomado todos los días, no me perdí una sola. Las tomo exactamente a las ocho de la mañana –protesté, sacudí mi cabeza en negación, tenía que ser otra cosa. Miré a Nicolás, él estaba mirando al doctor, con la boca abierta.

-Bueno, ¿cuándo fue tu último período? –preguntó el doctor.

Miré a Nicolás de nuevo.

-Hace dos semanas. Estoy tomando la píldora una semana después del periodo de una semana que no debía tomarla, así que si hace dos semanas. Estoy por tener la siguiente consulta en dos semanas más –le dije de manera positiva.

-¿Y, tu período, como fue? ¿Igual que siempre? –preguntó el médico, garabateo en su libreta.

¿Igual que siempre?, pensé en ello. En realidad había sido mucho más ligero, pero eso era porque estaba tomando la píldora, Lali dijo que hacía los periodos más ligeros.

-Fue ligero pero sin duda lo tuve, hace dos semanas. No puedo estar embarazada –le dije con severidad.

-A veces, puedes tener periodos ligeros durante el embarazo. Se llama manchado. ¿Cuánto tiempo has estado tomando la píldora? –preguntó con curiosidad.

-Seis semanas –le contesté, en voz baja.

Esto no puede ser cierto. Por favor, díganme que esto es una especie de inmenso error, o uno de esos programas de cámara oculta y que la gente saltará u gritará “caíste” en cualquier momento. –Me dije a mi misma.

-Y cuando empezaste a tomarla, ¿la tomaste el primer día de tu periodo? –preguntó

Negué con la cabeza.

-Fue un par de semanas después de mi periodo. ¿Qué diferencia hace eso? –cuestioné, estaba empezando a sentirme nerviosa.

-Bien, bien, cuando empezaste a tomar la píldora necesitabas comenzar el primer día de tu periodo eso la haría efectiva inmediatamente. Si la tomas dentro de los cinco días después, se hará efectiva luego de dos semanas, pero si comienzas cualquier otro día, entonces necesitas usar tu asegundo paquete antes de que haga efecto –explicó con voz baja.

Eso significa que ni siquiera empezó a funcionar hasta hace dos semanas cuando comencé a usar mi segundo paquete y ¡he estado teniendo relaciones sexuales sin protección todo el tiempo! –cuando mi voz seso dentro de mi cabeza miré a Nicolás, él seguía mirando al médico fijamente. No había dicho nada en absoluto, ni siquiera estaba segura que estuviera respirando. Estaba sentado tan quiero que parecía una estatua.

-Voy a traer una máquina portátil de ultrasonido y echaremos un vistazo, ¿sí? –sugirió el doctor, me sonrió con amabilidad y desapareció por la cortina.

-¿Nicolás? –susurré. Me estaba asustando, nunca había visto a nadie estar tan quiero en mi vida, no era algo natural. Él no respondió. El doctor volvió y observé cómo esparcía un poco de gel en mi estómago y apretaba lo que parecía un pequeño micrófono contra el y lo hizo rodar a su alrededor.

Que sea un error, por favor, que esto sea un error –rogué internamente.

Se detuvo, sosteniendo el aparato contra mi estomago todavía, y asintió.

-Sí, definitivamente estás embarazada. Diría que tenemos uno de los grandes aquí estás de cuatro semanas, quizás de cinco. ¿Quieres ver? –ofreció sosteniendo el pequeño micrófono hacia mí.

-No –me negué, y lo empujé lejos de mí rápidamente.

No quiero ver, porque entonces no sería capaz de hacer lo que necesito hacer. No puedo tener un bebé, somos demasiado jóvenes, arruinaría todo. Apenas hemos empezado a salir; no hacía mucho. Nicolás se irá a la universidad pronto, no podemos tener un bebé. No voy a arruinar los sueños de Nicolás, él siempre ha querido jugar al hockey profesionalmente y no le voy a quitar eso. No puedo mirar la terminal tampoco, no puedo ver al bebé ahí porque necesito ser fuerte. –me dije a misma.

-¿No quieres ver? –preguntó el doctor.

Negué.

-No, lo que quiero es un aborto –dije con severidad.

Nicolás se movió. “Oh, gracias a Dios, ¡pon fin!”, pensé.

-¿Un aborto? ¿Qué? ¿Por qué? –exclamó Nicolás, sorprendido.

Lo miré, me estaba mirando, se le veía algo horrorizado, como lo que acabará de sugerirle fuera lo peor de lo peor.

-Porque hay que hacerlo –le dije, miré a otro lado lejos de su intensa mirada. Lo miré al doctor -¿Puedo hacerlo hoy? ¿Qué debo hacer? –le pregunté con nerviosismo.

-Bueno, hay dos maneras: un aborto médico, que es una píldora hoy y mañana que básicamente repondrán tu periodo. O una cirugía que tendrías que hacerte bajo anestesia general, y que, básicamente, eliminaría todo –explicó en un tono de negocios.

Me encogí. Odiaba cómo sonaba eso, pero tenía que hacerlo. No podía pensar en él como un bebé, un pequeño Nicolás, porque de ser así no podría deshacerme de él.

-¿Puede darnos un minuto? –le pidió Nicolás. El médico asintió y salió rápidamente –Rosa,  ¿Qué diablos estás haciendo? –preguntó Nicolás una vez que nos quedamos solos. Tomó mis manos, me miró como si me hubiera vuelto loca o algo así.

-¡Nicolás, no podemos tener un bebé! Tengo dieciséis años. Irás a la universidad. No podemos –expliqué, sacudí la cabeza.

Negó con la cabeza.

Rosa, piensa eso, ¿por favor? Te amo, me amas. Quiero tener niños contigo algún día. Quiero decir, mierda, esto es mucho más pronto de lo que pensaba –sopló una bocanada de aíre, me pasó una de sus manos por mi cabello, nerviosamente.

-Nicolás, no podemos. Vas a ir a una universidad lejos, por el amor de Dios; no puedo criar un bebé sola. ¡No seas ridículo! –grité, sacudí la cabeza. Él no estaba pensando correctamente.

Se subió a la cama, se acostó a mi lado.

-Rosa, escúchame, ¿por favor? –rogó. Asentí y lo miré, no entendía que podía decir para hacerme ver esto como algo correcto. No había nada que él pudiera sugerir, no había otra manera –te amo más que nada en este mundo. Antes de que esto sucediera iba a rechazar mi beca e iba a ir a la universidad local –comenzó. Abrí la boca para decirle cuan estúpido estaba siendo, pero me la tapo, y me miró con suplica en sus ojos –quería pedirte que vinieras conmigo. Peno no podía pedirte que te alejaras de tu casa, de Peter y de tus amigos, así que decidí quedarme aquí contigo –dijo, se encogió de hombros.

Es tan adorable, dulce y considerado conmigo. Pero, ¿cómo demonios esto tiene que ver con nosotros teniendo un bebé? tener un bebé significaba muy probablemente que él no iría a la universidad ya que tendría que abandonarla y conseguir un empleo, yo tendría que abandonar la escuela sin siquiera graduarme. –me dije a mi misma.

Él sonrió y siguió tratando de convencerme.

-Podemos hacer que esto funcione; sé que mi mamá nos ayudará. Iré a la universidad y conseguiré un empleo en las noches y los fines de semana para ganar algo de dinero. Tú podrías terminar la escuela por correspondencia, o podríamos tener una niñera así tu pudieras ir a la escuela. O tal vez mi mamá podría cuidar al bebé –sugirió y me miró con esperanza –este de aquí es nuestro primer bebé, Rosa. Es un bebé  que hicimos juntos.  ¿Puedes pensar en ello, por favor? Será difícil por cierto tiempo, pero una vez que firme un contrato con un equipo, seré capaz de darte todo lo que quieras. A los dos –arrulló, frotando ligeramente su mano sobre mi estómago.

-Nicolás, no quiero arruinar tu futuro –susurré.

Él sonrió y me besó suavemente.

Rosa, tú eres mi futuro –contrarrestó él, deslizo la mano bajo y mi top y la ubico sobre mi estómago.

Miré su lindo rostro; sus ojos verdes estaban centelleando con amor mientras acariciaba mi estómago con la mano.

-No hice esto para atrápate –dije nerviosamente.

Él se echó a reír y puso los ojos en blanco.

-Me atrapaste cuando tenías cuatro años. Estabas usando un vestido azul oscuro con un lazo en la espalda, y pequeñas medias blancas. La primera vez que te vi quede atrapado. Esto, -dibujo un pequeño patrón sobre mi estómago con un dedo –esto es una bendición. No estaba esperando esto hasta dentro de unos cinco o seis años, pero aun así… es una bendición –dijo y me sonrió.

¿Podemos realmente hacerlo? ¿Él se quedará aquí conmigo? –mi voz en mi cabeza no cesaba de hacer preguntas, quise que él me las contestará.

-¿En realidad te quedarías aquí conmigo y renunciarías a tu beca? –pregunté un poco conmocionada. Había trabajado tan malditamente duro por esa beca, era una oportunidad increíble para él y su profesión que no creía que pudiera renunciar a ella por mí y por un bebé.

Él sonrió.

Rosa, si quieres deshacerte del bebé porque no lo quieres, entonces podría entenderlo, pero no hagas esto por mí. Quiero quedarme aquí contigo. Así no estuvieras embaraza igual la rechazaría –prometió, se acerco a mí un poco más y me envolvió con sus brazos.

Enterré mi rostro en su pecho y cerré los ojos; yo también quería tener hijos con él algún día. Podía verme a mí misma sujetando a un pequeño bebé que tuviera los ojos verdes y el cabello de Nicolás. Obviamente que en mi imaginación yo era mucho más grande de lo que era en ese momento, pero podía verlo, y me gustaba. Quizá podíamos hacer que eso funcionara. Al bebé no le iba a faltar amor, y una vez que las personas superaran la impresión de la noticia, entenderían. En mi mente no tenía dudas de que la mamá de Nicolás nos ayudaría también. Y Peter, una vez que superara la ira inicial de todo, sería un tío genial.

Nicolás se alejó un poco de mí.

-Te juro que seré el mejor papá del mundo –prometió.

Sonreí; no lo había dudado ni por un segundo. Le di un beso en los labios y envolví mis brazos alrededor de su cuello, acercándolo a mí. Lo amaba demasiado, más que nada. Sabía que podíamos hacer que funcionara nuestra pequeña familia. Se alejó del beso y me miró con una expresión llena de esperanza en su rostro.

-Está bien –acepté.

Sonrió y me besó de nuevo, se movió hasta que tuvo su cuerpo sombre el mío. Noté que no había puesto nada de su peso sobre mi estómago, estaba siendo súper tierno. Me besó hacia abajo por mi cuello, bajo más y más. Levantó mi top y besó todo mi estómago, se levantó y me sonrió.

-Te amo –susurró.

Lo halé hacia mí.

-También te amo, papi bebé –me burlé, se rio.

Envolvió sus brazos alrededor de mi cuerpo de nuevo y se acostó a mi lado. Apoyé la cabeza sobre su pecho y escuché el latido de su corazón muy fuerte, deslice una mano por mi cuerpo y la apoye en mi barriguita, la acaricié con la punta de mis dedos.

Besé el pecho de Nicolás.

¿Cómo demonios un chico tan adorable, apuesto, dulce, bondadoso, divertido, talentoso y responsable puede quererme? ¿Cómo puede amarme tanto como siento que lo hace? –me pregunté a mi misma, y lo único que pude hacer fue sonreír. Echada en los brazos de Nicolás, me sentía como la chica más afortunada del mundo – Voy a tener un bebé con el hombre que amo –sonreí ante lo que mi voz interna acababa de decir.

 

Unas horas más tarde, me dieron el alta. Nicolás me había despertado cada hora para asegurarse de que no tenía alguna secuela del golpe o algo así. Acordamos no decirle todavía a nadie sobre el bebé. Era muy pronto y nosotros apenas si nos estábamos acostumbrando a la idea… no necesitábamos ningún drama de nadie más.

-¿Llamamos a un taxi o algo así? –pregunté mientras Nicolás me sacaba caminando del hospital, me sostenía muy fuerte a su lado.

Él sonrió. Había estado haciendo eso mucho en el último par de horas, cada vez que lo miraba me creía más la idea que verdaderamente estaba emocionado con el hecho de ser papá, lo cual nunca había visto en un chico de dieciocho años.

-No. Peter nos dejó su auto. Él fue a casa con Benjamín y me dio las llaves –explicó mientras me guiaba hacia el estacionamiento. Me ayudó a entrar al auto, incluso me puso el cinturón de seguridad. Su mano permaneció encima de mi estómago mientras manejaba.

Mi cabeza aún me latía con fuerza; los efectos calmantes de los analgésicos que me habían dado estaban empezando a desaparecer. Apoyé mi cabeza sobre el asiento y cerré los ojos. Iba a ser difícil mentirle a Peter. Yo odiaba mentir y también era muy mala para hacerlo, pero necesitaba mentirle por unas semanas. Solo quería que todo el tema del padre abusivo se calmara primero, eso nos daría la oportunidad de aceptar nosotros mismo el cambio que se nos veía. Yo aún tenía el dinero de la apuesta, no había gastado nada así que eso podía ayudar con las cosas que necesitábamos comprarle al bebé.

Cuando Nicolás estaciono en mi casa, Peter me atacó con un abrazo antes que yo pudiera bajar del vehículo.

-¡Mierda, asustaste endemoniadamente a todo el mundo, Rocio! –me reclamó.

Sonreí y le devolví el abrazo.

-Lo siento, Peter. No planee desmayarme enfrente de todo el mundo y golpearme la cabeza –respondí sarcásticamente y puse los ojos en blanco. “Por qué demonios está furioso conmigo por enfermarme?”, pensé.

Él suspiró y se apartó.

-Así que, ¿qué te dijeron? ¿Por qué te desmayaste? –preguntó, lucía muy preocupado.

Oh, mierda, ¿qué le digo? –escuché mi voz en mi cabeza

-Estrés aparentemente. Eso, y que no había comido en todo el día –intervino Nicolás, se paró a mi lado. Silenciosamente le agradecí a Dios el que Nicolás fuera mejor mentiroso que yo.

Peter me miró, claramente estaba molesto de nuevo.

-¿Por qué diablos no comiste en todo el día? –me preguntó acusadoramente.

Sonreí y dejé que Nicolás me llevará a la casa.

-Simplemente vamos adentró y déjala sentarse, Peter, luego puedes gritarle todo lo que quieras –sugirió Nicolás, sacudió su cabeza con una ligera sonrisa.

Peter nos siguió adentro y se sentó a mi lado en el sofá, Benjamín y Ruth vinieron y se sentaron también. Todo el mundo me estaba mirando con preocupación.

-Dejen de preocuparse, chicos. Aparentemente era falta de comida. Azúcar baja o algo así. Ahora me siento bien –les aseguré, asentí con la cabeza y trate de no lucir demasiado culpable. Sólo esperaba que Peter no enloqueciera cuando se enterara que estaba embarazada, y que no le sacara la mierda a golpes a Nicolás. Tal vez se lo diría por mi cuenta, así podría calmarlo un poco antes de que se viera a Nicolás.

-El golpe de su cabeza necesitó suturas. Tengo que despertarla cada hora para asegurarme que esté bien, así que me quedaré esta noche –declaró Nicolás, más para Ruth que para nadie más, Peter ya sabía que él se quedaría de todas formas.

Bostecé. Ya eran casi las nueve y sólo quería irme a la cama, había sido un largo día muy estresante.

-Me voy a la cama, chicos. Oh, y Ruth, es realmente un placer verte de nuevo. Lamento no haber tenido la oportunidad de conversar contigo apropiadamente –dije, le sonreí a modo de disculpa.

Ella se rió un poco entre dientes.

-Hablaremos mañana, cariño, no te preocupes. Si necesitas cualquier cosa en la noche házmelo saber. Peter dijo que podíamos dormir en la habitación de tu mamá, te lo digo para que sepas dónde puedes encontrarme, ¿está bien? –preguntó con amabilidad.

¡Vaya, ella en realidad es muy agradable! –me dije a mi misma.

-Está bien. Buenas noches, chicos. Y tú, chico amoroso, ve a conseguir tus cosas si te vas a quedar aquí –ordené y le sonreí a Nicolás.

Él se levantó rápidamente.

-Está bien. Volveré en un rato –besó mi frente suavemente, luego se dirigió a la puerta principal, iba a decirle a sus padres “oficialmente” que se iba a quedar con nosotros.

Fui a mi dormitorio y me miré en el espejo. Mi cabello era un desastre, tenía algo como un esparadrapo pegado detrás de la oreja sobre las suturas, me veía cansada pero no pude evitar sonreí. No me molesté en ponerme el pijama y me metí desnuda entre las sabanas; quería sentir la piel de Nicolás contra la mía. Él llegó unos quince minutos después, se veía tan apuesto. Me froté ligeramente el estómago con una mano bajo las mantas. Esperaba tener un pequeño niño ahí dentro, y que ese niño fuera igualito a su papi.

Nicolás se quitó la ropa hasta quedarse solo en calzoncillos y se metió a la cama conmigo. Jadeó repentinamente y se echó hacia atrás para mirarme a los ojos.

-¿Estás desnuda?  -me preguntó, se notaba que estaba un poco sorprendido.

Sonreí.

-Sip. Pensé que deberías aprovecharme al máximo antes de que me ponga toda gorda y fea –me burlé.

Él sonrió y rodo para ponerse encima de mí, quedo suspendido en el aire.

Rosa, nunca serás fea –susurró, me miraba con adoración –y cuando más grande te pongas, eso sólo significará que tengo más de ti para amar –agregó, deslizo su mano hacia abajo por mi estómago. Sonreí y halé su boca hacia la mía.

 

Tener a Benjamín, a Ruth y a Mateo quedándose con nosotros fue realmente impresionante. Ruth hizo panqueques la mañana del sábado, y pasamos todo el día conversando mientras jugaba con mi hermoso hermano pequeño. Ella estaba planeando quedarse porque Benjamín no quería cambiar de escuela de nuevo.

Lali vino en la tarde, y Benjamín finalmente le pidió que saliera sólo con él… lo que ella obviamente aceptó con entusiasmo. Ellos eran tan dulces, siendo todos tiernos y coquetos el uno con el otro. Lali decía cosas que hacían sonrojar a Benjamín. Él era demasiado inocente… pero conociendo a Lali, él no lo sería por mucho más tiempo, yo estaba segura que ella se iba a salir con la suya. Nicolás me lanzaba sonrisas de complicidad y tocaba mi vientre en cada oportunidad que tenía.

El domingo, Ruth, Benjamín, Lali y Mateo fueron a pasar el día en el zoológico. Querían salir y hacer algo que sacara de la mente de Ruth el hecho de que mi padre estaría de vuelta de su viaje de negocio esa misma tarde. Él llegaría a casa y encontraría la nota que ella le había dejado, y que todas las cosas de ellos habían desaparecido de su casa. Ella se había liberado de sus números de teléfonos, mi padre ya no tenía forma de contactarlos o saber dónde estaban. Así que como se dio cuenta que sentarse a preocuparse por el inminente regreso no ayudaba a nadie, decidió que quería hacer algo que los mantuviera ocupados a ella y a Benjamín.

Yo estaba sentada en el sofá, leyendo, con las piernas en el regazo de Nicolás mientras él jugaba al PlayStation con Peter, cuando el teléfono sonó. Me moví para agarrarlo pero Peter lo hizo primero. Cuando respondió todo su cuerpo se tensó.

-¿Qué diablos quieres? –gruñó, levantándose del sofá. Me senté tan rápido que me maree –¿Estás borracho? –Peter casi le gritó al teléfono. Lo observé, me empezaba a sentir enferma, sabía que mi padre estaba al teléfono –Sí, ¿y qué? ¿Qué vas a hacer al respecto, anciano? –espetó Peter, su rostro comenzó a ponerse rojo de la rabia –no queremos verte, así que vete a la mierda. No. Ella no quiere verte. Te lo juro, si te acercas por aquí de nuevo te mataré –gruñó Peter y me dio la espalda –en realidad, ¿sabes qué? a la mierda, ven, ven ahora mismo. Estamos en casa, así que ven y hablemos de eso –sugirió Peter.

¿Qué demonios está haciendo? –mi voz gritó en mi cabeza.

-¿Peter? –chillé estaba realmente asustada.

-Seguro. Recuerdas dónde está la casa, ¿cierto?. Te veo en un rato –dijo Peter y colgó, luego lanzó el teléfono al otro lado de la sala. Por buena fortuna el aparato aterrizó con un ruido sordo en el otro sofá y no se rompió.

¿Acaba de decirle que venga? –mi voz gritaba tan fuerte en mi cabeza que me sorprendía que ellos no pudieran oírla.

-Peter, él no va a… –mi voz se desvaneció, no era capaz de terminar la oración.

Peter volteó y me miró, la expresión en su rostro era de severidad.

-Sí. Ve al lado –ordenó.

Miré a Nicolás en busca de ayuda. Él estaba mirando a Peter; tenía la misma expresión severa en su rostro.

-¡Nicolás, dile que esto es estúpido! –susurré, las lágrimas empezaron a caer por mi rostro. Nicolás no me miró; Peter y él estaban trabados en alguna clase de conversación silenciosa por sus miradas. Me levanté del sofá y agarré el teléfono, iba a llamarlo para cancelar la estúpida cita. No podía dejar que él viniera, no con Nicolás y Peter viéndose así.

Peter me arrancó el teléfono de las manos.

-No va a dejar de acosarte, Rochi. Él quería verte. Está realmente furioso de que Ruth lo dejara. Sabe que los ayudé; un vecino vio mi auto en la entrada. Está muy molesto conmigo, así que sólo necesito decirle que se vaya a la mierda –dijo, mientras me abrazaba.

Sacudí la cabeza en negación, eso no era lo que él estaba planeando, ellos no iban a decirle nada, Peter y Nicolás iban a golpearlo hasta la inconsciencia e iban a mostrarle cómo irse a la mierda.

-Por favor no lo hagas, te meterás en problemas. ¿Por favor? –susurré. Mis entrañas estaban retorciéndose por el pavor.

-No si él hace algo primero –respondió Peter, reteniendo una sonrisa.

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